Salud mental: La felicidad y el sufrimiento

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¿Qué es la felicidad?

La felicidad es uno de los conceptos que encierra una gran contradicción. Hablamos de la felicidad como un estado emocional que todos tratamos de alcanzar. Los problemas aparecen cuando en la búsqueda de este estado de ánimo, realizamos una serie de conductas que, en muchos casos, no hacen que la consigamos, y esto nos produce gran frustración, insatisfacción y la sensación de incompetencia para conseguir ese estado que queremos y que se nos ha dicho que es el ideal para poder vivir.

La felicidad tiene el significado de una sensación de placer, alegría y satisfacción. Esto hace que a las personas nos guste sentirnos felices y por esto tratamos de alcanzar este estado de ánimo. Sin embargo, este sentimiento nos es huidizo, no dura mucho tiempo. Este deseo inunda y fomenta muchos de los libros de autoayuda, de programas de televisión, que dedican tiempo a discutir y proponer caminos para llegar a la felicidad tan ansiada y de muchas revistas de amplia difusión en las que aparecen “consejos” para alcanzarla.

¿Qué es el sufrimiento?

A pesar de que en los países del primer mundo disfrutamos de la mayor calidad de vida que hayamos alcanzado hasta ahora -mejor asistencia médica, mejor alimentación, mejor vivienda, mayor acceso a la educación, mejor ocio-, las estadísticas indican que actualmente, y en un futuro próximo, una de cada tres personas sufrirá alguna enfermedad mental. Teniendo esto en cuenta, posiblemente nosotros o alguien de nuestro entorno familiar o cercano tendrá algún problema de esta índole.

Nada externo a nosotros nos asegura a los seres humanos la liberación del sufrimiento. Cuando tenemos todo lo que podemos conseguir para valorar nuestro éxito, como, por ejemplo, grandes apariencias, buenas posesiones, seguridad económica, una pareja cariñosa, hijos estupendos, podemos sentirnos desgraciados. También podemos disfrutar de medios de entretenimiento, coches deportivos, televisión, viajes exóticos, y sentir un dolor psíquico extremo.

Además, los seres humanos también causan dolor unos a otros continuamente, parece sencillo cosificar y deshumanizar a los demás. Basta recordar el peso, a nivel global, que ha supuesto esta cosificación con todas sus servidumbres humanas y costes económicos. Esto, por ejemplo, lo comprobamos cuando se nos obliga a desvestirnos parcialmente para subir a un avión o se nos hace depositar nuestras pertenencias en una cinta transportadora para poder entrar a un edificio público. Las personas no sólo sufren, sino que provocan sufrimiento en forma de sesgos, prejuicios, tópicos, descalificaciones, de forma tan habitual que nos llega a parecer algo natural.

¿Qué es la salud mental?

Los modelos habituales sobre lo que llamamos la salud mental y la patología no se suelen referir al sufrimiento humano y al hecho de provocarlo a los demás como una forma de problemas humanos generales. A pesar de ver claramente estas situaciones, conceptualizamos el sufrimiento humano con etiquetas diagnósticas como si fueran productos de una anomalía biomédica de lo considerado estándar. Parece difícil ser compasivos con nosotros mismos y con los demás, en definitiva, parece difícil ser un ser humano.

En las ciencias de la salud actual -psicología, psiquiatría- el sufrimiento se describe mejor, al parecer, como una anormalidad neurobiológica, ya que se asume el supuesto de que la salud y la felicidad son el estado natural de la existencia humana. Estas hipótesis se derivan de la esencia de los enfoques médicos tradicionales sobre la salud física. Estos supuestos de una aparente normalidad saludable llevan, como consecuencia, la creencia de que hay procesos anormales en la raíz de los trastornos físicos y mentales. A partir de aquí surge la identificación de síntomas y síndromes, que darán paso a la identificación y diagnóstico de una posible enfermedad. Una vez identificada la enfermedad, se busca la anormalidad que supuestamente ha dado lugar a ese conjunto de manifestaciones y se trata de encontrar la manera de cambiar tanto los procesos como sus resultados.

Esta consideración del sufrimiento psíquico, teniendo en cuenta la forma de presentarse, lleva a auténticas entidades de enfermedad funcional que incluyen por qué aparecen, así como la mejor manera de cambiarlas. A pesar de esta consideración general del sufrimiento humano y de las enfermedades mentales, es sorprendente que no se hayan producido apenas progresos para establecer los síntomas de salud mental como entidades nosológicas. Ninguno de los síndromes más comunes de enfermedad mental ha cumplido los criterios elementales para ser considerados legítimamente como un estado de enfermedad.

El hecho de centrarnos en estos síntomas y conjunto de síndromes nos ha llevado a dar mucha importancia a la reducción de los síntomas y a desatender los aspectos funcionales y positivos de la salud psíquica. En la actualidad, a pesar de haber establecido tratamientos razonablemente eficaces para estos trastornos mentales más habituales, la amplitud de sus efectos es modesta y en la mayoría de las áreas no ha habido un incremento apreciable de los efectos durante años. Esta situación de cierto desencanto por estos resultados, está planteando, en el abordaje psicológico de los problemas mentales, un nuevo modelo de intervención más unificado, transversal, que pueda resultar más útil para resolver los problemas psicológicos.

Esta nueva perspectiva plantea que el sufrimiento humano surge desde los procesos psicológicos normales, especialmente de aquellos en los que está implicado el pensamiento y el lenguaje. Se considera que el pensamiento y el lenguaje auto-reflexivo pueden llevar a una amplificación de los problemas que presenta el ser humano.

¿Por qué no somos felices?

Las preguntas que actualmente nos hacemos son: ¿cómo es posible que personas brillantes, generosas, que tienen todo lo que necesitan para llevar una existencia agradable, están padeciendo tal sufrimiento? ¿Hay procesos básicos que están vinculados de alguna manera a este sufrimiento?

Parece que la respuesta a estas preguntas se encuentra en lo que denominamos el lenguaje, entendido como la actividad simbólica de los seres humanos, como pueden ser los pensamientos, gestos, formas escritas, o cualquier otra forma. El progreso de la especie humana en el desarrollo de esta forma simbólica de ver el mundo ha sido vertiginoso. Este mismo progreso está resultando un arma de doble filo, nos adelanta en el progreso, pero nos crea problemas, por esto debemos aprender a utilizar el lenguaje, sin que éste nos controle a nosotros y nos haga sufrir.

Las personas son capaces de anticipar sucesos dolorosos sobre situaciones que no se han producido, lo que provoca malestar en ese momento, en ausencia de estas situaciones. Esta misma capacidad de planificar, que tan buenos resultados está danto para resolver problemas del mundo externo, nos genera problemas personales. En la medida que las personas nos miramos a nosotros mismos, la vida empieza a parecerse más a un problema por resolver que a un proceso para ser vivido. El sufrimiento humano supone una aplicación equivocada de los procesos psicológicos, que utilizamos para resolver problemas, a situaciones normales del sufrimiento psíquico.

El sufrimiento puede aparecer cuando la persona cree firmemente en el contenido literal de sus propios pensamientos. Esta fuerte unión, tan sólida, hace probable que la persona siga de manera automática las instrucciones que ha aprendido socialmente a través del lenguaje. Este seguimiento lo hace porque le parece que las instrucciones son “correctas” o “están bien”, a pesar de las consecuencias negativas en su vida personal. Además, muchas de estas instrucciones invitan a la persona a la supresión, el control o la eliminación de las vivencias personales que están resultando angustiosas o desagradables. Estas mismas personas saben que ese control voluntario de sus vivencias es imposible de conseguir, por lo que al final evitan este tipo de emociones y de conductas, y, a lo largo del tiempo, esta evitación domina los aspectos más importantes de su vida, con lo que el sufrimiento aumenta. Nuestra experiencia vital se convierte, en cierto sentido, en un “sin vivir”.

En contraposición a estas situaciones, el objetivo de una vida saludable no es tanto sentirse bien, como sentir bien. La alternativa a la situación de evitar el sufrimiento es la aceptación, que supone implicarse con el incremento o la presencia de las propias reacciones emocionales como una manera de abrirse a la vida, a lo que nos da sentido a nuestra existencia, al aprendizaje personal y a los demás. Únicamente de esta manera podremos crecer, sentir y darnos cuenta de que la vida merece la pena.

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